LA DAMA DE SANS-SOUCI   

   LA DAMA DE SANS-SOUCI   

Basada en un libro del prolífico novelista francés Josehp Kessel (La Passante du Sans-Souci), la  película que os recomiendo hoy en RyD, TESTIMONIO DE MUJER (1982)  -nombre con el que los publicistas decidieron promocionarla  en la iberosfera, pero que no me parece el ms adecuado-, fue la última en la carrera de la actriz austríaca Romy Schneider. Poco tiempo después de terminar el rodaje, y antes de su estreno, la mujer que una vez fue catapultada a la fama gracias a su encarnación en la emperatriz Sissi, sin poder soportar la pena provocada por las recientes pérdidas de su marido y de su hijo adolescente, decidió quitarse la vida.

Esa tristeza, esa deprimente melancolía que se advierte en sus miradas, encaja perfectamente con uno de los dos personajes que interpreta en esta cinta dirigida por Jacques Rouffio, el de Elisa Weiner, una cantante que se exilia en Francia, huyendo del emergente nazismo, llevándose con ella a un niño judío cuyo padre, amigo y empleado de su esposo, fue asesinado por las SA.

Llevaba años tratando de conseguir esta película sobre la que había leído no muy favorables críticas tras su estreno en España, en 1984, y esos prejuicios inducidos habían provocado que iniciara mi privada sesión de cine televisivo con unas expectativas un tanto bajas. Ahora, tras pasar casi dos horas en compañía de Romy, Michel Piccoli, Helmut Griem, Mathieu Carrière, Maria Schell, Gérard Klein y los otros, creo que estos analistas no entendieron ni la intención de la película, ni la razón de su estructura o el por qué de su ritmo y el estilo de las actuaciones. Reconozco que también es importante tener la referencia de la novela, que, admito, no he leído, pero la solución ya viene en camino y, me permitirá, cuando la confronte con la obra de Kessel,  rectificar –o no- la favorable opinión que tengo sobre la adaptación que de ella hicieron Rouffio y Kirsner.

La película –y eso lo puedo adelantar porque no es lo más relevante- va sobre la trágica vida de Max Baumstein, ese niño judío, ya antes mencionado, al que el matrimonio de Michel y Elisa Weiner (que no son judíos) acogen, como a un hijo, tras el asesinato de su padre. Max, sobreviviente de ese régimen criminal que tantas víctimas provocó, es ahora un exitoso empresario, radicado en Suiza, que ha creado una organización llamada Movimiento Internacional de Solidaridad, cuya sede ha establecido en París, con el objetivo de ayudar a las personas que han sido reprimidas por regímenes totalitarios en todo el mundo.  Así que, en coherencia con su justos afanes, el sr. Baumstein (Michel Piccoli) convoca una  conferencia de prensa donde anuncia que va a luchar por la liberación de una joven inglesa que se halla encarcelada en Paraguay y que, para ello, se reunirá con el embajador de Stroessner en Francia. Entre los asistentes a la reunión está, como bello y dulce testigo, su esposa Lina (Romy Schneider), orgullosa de la labor de su marido y recin llegada de Suiza.

Pero el embajador de Paraguay tenía una cuenta pendiente con Max Baumstein y este, tras comprobar que su labor de investigación había sido correcta, saca una pistola y lo mata en su propio despacho. Luego, con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho algo que puede ser moralmente justo pero que es legalmente delictivo, se entrega voluntariamente a la policía parisina. Y aquí comienza la parte fundamental de la historia que narra la película: las razones que han llevado a Max a cometer este asesinato y que  él, por primera vez, cuenta a su amada Lina. Su historia, y la aparición de nuevos personajes relacionados con ella, es lo que marca la estructura de la cinta y su ritmo. A eso, y como ocurre con casi todas las obras de cine que dejan huella, se une la música. En este caso lo que, emocionalmente, más me ha tocado ha sido la Canción del Exilio (que os he puesto más abajo con una selección de imágenes, tomadas con mi CANON EOS M50 y que, dependiendo del navegador que utilicéis, se activará automáticamente o tendréis que, para escucharla, presionar el botón de “play”) que cuenta la triste historia de unos emigrados en París.

Curiosamente, TESTIMONIO DE MUJER no ha envejecido, pues estamos comenzando a vivir los comienzos de un nuevo y global totalitarismo del que muchos, como el personaje del  que casi fue el tercer padre de Max, el empresario Bouillard, que hacía negocios con los nazis, no se quieren enterar.

Una película, en fin, para recordar el pasado y evitar que se repita bajo renovadas, pero igualmente letales, formas.

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